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martes, 26 de febrero de 2013
Reciprocidad
Cuesta hasta
pronunciarlo. Cuesta tanto como mirar la hora en los relojes sin números, es
decir, cuesta tanto como tu falta de interés quiera que cueste. Desde tiempos
inmemoriales, entiendes, como la gran mayoría de la gente, que lo recíproco es algo mutuo, pero llegas un día a Google y un antropólogo inoportuno te rompe todos los esquemas. Te planteas a ver si es que vas a llevar media vida haciendo el idiota, sin tú saberlo claro, esperando que la reciprocidad te
salve de tu estupidez suprema en todos los niveles de relación humana posibles,
y va a resultar que ahora la reciprocidad también puede ser negativa, lo que
viene a significar que te pueden dar por saco sin tu hacerlo y encima sacar
beneficio, algo así como lo que hacen los gobiernos, pero ese es otro tema que
aquí no tiene cabida. Pero de este aura de negatividad que envuelve a la
reciprocidad tenemos la culpa nosotros, que somos capaces de creernos que ser
altruista es ser gilipollas cuando los verdaderos gilipollas somos nosotros,
que en vez de dar sin esperar siempre algo a cambio nos empeñamos constantemente
en esperar una respuesta que tiene que ser encima la que nos guste, acabando en
la inmensa mayoría de los casos decepcionados y/o cabreados, sin más, por
idiotas. Pero qué sería de nosotros los humanos si no fuésemos así, todo sería
fácil, sencillo y, muy probablemente, aburrido. No existirían las canciones de
desamor, que casi siempre son las mejores por mucho que les fastidie a los
enamorados a los que les gusta alguna de ellas y deciden no compartirlas no sea
que alguien se dé por aludido. El caso es que con tanta tontería perdemos más sonrisas de las necesarias.
martes, 4 de diciembre de 2012
Prefijos
Los prefijos, ese maravilloso (¿?) mundo del quiero y no
puedo o del quiero y no me dejan. Ese inconformismo constante en forma de
letras. Esa barrera tan bien escrita entre lo bueno y lo peor, que no tiene por
qué ser necesariamente malo. Es terriblemente exagerada la diferencia entre tentar e intentar,
entre velar y desvelar, entre desidia y... espera, eso no lleva prefijo, es una
sensación tan chunga que ni siquiera necesita esas dos o tres letritas capaces
de convertir cualquier palabra medianamente bonita u optimista en la mayor de
las miserias lingüísticas, en lo que a su relación con la compleja psicología humana se refiere, que a veces es tan puta, con perdón, que hasta puede ser
inversa... Sí, seguimos hablando de los prefijos, esos de cuyo peligro no nos
advirtieron los profesores de Lengua y literatura cuando los explicaron,
ocultando lo dañinos que pueden llegar a ser para el bienestar y el equilibrio
emocional, que no para la felicidad, porque a muchos esas dos cosas no les
hacen falta para ser felices. Cada uno es feliz como le sale de las narices. Pero
lo bonito de los prefijos (que también existe), es cuando están ahí y pasan desapercibidos, como en el caso de la palabra desmelenarse. ¡Jo, qué alivio cuando te encuentras uno de esos! Puedes disfrutar en cuerpo y alma, y nunca
mejor dicho, de las connotaciones y consecuencias de dicha palabra, porque esas tres letras son tan inofensivas como tú recién levantado
después de 12 horas durmiendo.
martes, 6 de noviembre de 2012
Centrifugar
Los pensamientos tienen que poder centrifugarse, porque si un cacharro como la lavadora es capaz de remover las prendas más pesadas y quitarles la mierda de encima como si nada, ¿por qué no íbamos a ser capaces las personas de hacer algo parecido? Al fin y al cabo eso lo inventaron unos prendas como nosotros. Las etiquetas, los clichés y los prejuicios podrían convertirse en algo nimio si fuéramos capaces de centrifugar y quedarnos con lo realmente importante. En la vida damos tantas vueltas como el tambor de una lavadora, la diferencia entre las vueltas de unos y otros está en las manchas con las que se libra batalla y en la manera de hacerlo. Unos son de usar tequila como detergente, que puede quitarlas de golpe por unas horas. Otros son más de suavizar con cerveza, que no es tan eficaz, al menos en cantidades saludables, pero hace ver las manchas de otra forma, quizá un poco borrosa pero lo suficientemente válida para sacar una sonrisa a casi cualquiera, y con una sonrisa todo es otro tema...
De niños muchos quisimos saber qué pasaba exactamente dentro de la lavadora cuando parecía que tenía el baile de San Vito, es decir, cuando centrifugaba, y da que pensar que nuestros mayores no nos dejaran. Tal vez sea porque es lo más parecido a la compleja mente de los adultos y en un intento de proteger nuestra inocencia prefirieron que nos quedáramos con la curiosidad.
sábado, 15 de septiembre de 2012
Mi primera columna en papel
Esta es una de esas entradas que no quieres escribir por no hacer un blog personal, pero es imposible. Un blog es personal desde el mismo momento en el que decides que tu nombre y/o tu cara van a salir en él, por lo tanto, voy a dejar a un lado la tontería de no hacer un blog personal, y me voy a permitir escribir sobre una de las cosas que más ilusión me han hecho desde hace mucho tiempo. Mentira, me ilusiono con cualquier gilipollez, si me permitís las palabras malsonantes, pero puede decirse que esto me hizo especial ilusión.
Cuando sales de cañas, no necesariamente de noche, no llegas a imaginarte las cosas tan grandes que pueden llegar a ocurrirte, como por ejemplo, que te regalen una columna. Entre coña y no coña, a mí la semana pasada me regalaron una, concretamente la del martes, y más concretamente la de la contraportada del Diario de Pontevedra de dicho día. La condición: titularla "diamantes". Evidentemente lo de los diamantes era broma, pero igual que no te imaginas las cosas que te pueden pasar, tampoco te imaginas las que te puedes creer. Bueno, el caso es que llegó el lunes y pregunté a mi padrino de columna si aquello seguía en pie o tampoco era en serio. Pues bien, sí que era en serio. Allí me vi yo, con la resaca mental acumulada de varios días, incluso meses, sentada en la redacción con una columna que llenar, con temas pasados de vueltas, de los cuales al final no escogí ninguno (muy propio de mí), y con la confianza de aquellos que me animaban a escribir presionándome el cogote como si de un yugo se tratase. Os parecerá una chorrada, pero cuando sabes que van a leer cómo se te pira la pinza, asusta.
El desenlace, que como aquí no tengo límite de caracteres me alargo hasta ser, a veces, soporífera, fue esta bonita columna (o eso me han hecho creer que es) que voy a pegar a continuación. Espero poder volver a escribir algo en ese hueco de la contraportada. No obstante, me quedo con la experiencia, fue un experimento curioso. Lo que no va a poder quitarme nadie es la sonrisa que me saca este texto cada vez que lo leo y me acuerdo de toda esa cantidad de diamantes brutos, que no en bruto, que hay por ahí sueltos.
DIAMANTES
Esos pedruscos que presumen de ser los más duros del mundo, esos mismos, en el fondo son piedras preciosas que tienen mejores cualidades que destacar, por ejemplo, la de brillar siempre. Hay personas que son como estos pedruscos: resaltan su dureza (ellas mismas o el resto de la gente, que habla por encima de sus posibilidades), pero tienen mejores aptitudes que realzar. Son brillantes y no son capaces de admitirlo. ¡Malditos sean! Me sacan de mis casillas, pero no querer creerse lo grandes que son les hace mejores aún, si cabe. Su brillo es imperecedero, aunque ellos lo desprecien. Siempre he pensado que la autoestima estaba sobrevalorada, pero mi teoría se derrumba cuando me topo con algún individuo de estas características: testarudo e incapaz de reconocer que su resplandor es permanente, aunque lo trate de esconder como los que tratábamos de ocultar la luz de la Game Boy debajo de las sábanas cuando éramos pequeños... es decir, inútilmente. ¿No se darán cuenta de que sus actos les delatan? Algunos no tenemos mucha autoestima, pero necesitamos convencer a estos brutos para que la tengan, porque nos da rabia que no crean en la capacidad de su brillo, gracias al cual sobrevive nuestra sonrisa los días malos sin diluirse tan pronto como el azúcar en esos cafés nocturnos que tomamos para soñar despiertos.
El enlace al Diario: http://diariodepontevedra.galiciae.com/nova/195573.html
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